MORÓN A COMIENZOS DEL SIGLO XX

Oct 07 Escrito por  Carlos María Birocco Visto 695 veces
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A fines de la década del ´20, Morón era aún un pequeño pueblo en las afueras de Buenos Aires. No existía el "Conurbano", entre pueblo y pueblo se intercalaban chacras, quintas y potreros. 

Llegaba a su fin el tiempo de las quintas de veraneo, con sus arboledas frondosas, sus mansiones de recreo y ese aire tonificante que según se decía curaba las enfermedades pulmonares. La población del partido crecía a ritmo lento, porque aún no se habían instalado fábricas ni había recibido el aporte migratorio de las provincias. Pero ya habían empezado los loteos de las grandes quintas que dieron nacimiento a nuevas barriadas e iban ensanchando de a poco los límites del poblado.
La fisonomía del Morón de entonces estaba marcada por la presencia de migrantes europeos y su primera generación de descendientes. Las asociaciones de inmigrantes tenían todavía un gran peso en la vida social del pueblo: entre ellas se destacaba la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos, pero no le iban a la zaga la Sociedad Española y la Sociedad Francesa. Actuaban con fines mutuales, dando a sus paisanos cobertura médica y todo tipo de asistencia. Incluso en los entierros: en 1928, la Sociedad Francesa edificó un panteón en el cementerio.
El pueblo de Morón tenía unas pocas calles céntricas empedradas. Las demás eran de tierra, con veredas altas y pasos de piedra en las esquinas para que las señoras no se ensuciaran los ruedos de sus vestidos al cruzar. Todavía había mucho de rural en el Morón de entonces: a pesar de las ordenanzas municipales, los animales sueltos seguían paseándose a su gusto como en los tiempos coloniales, destruyendo los cercos y pastando en la plaza.
Las luz eléctrica sólo iluminaba las manzanas cercanas a la estación y contadas calles de las localidades vecinas. Nacían por entonces las primeras líneas de colectivos: en 1928, el municipio dio licencia a los Hermanos Ghisani, hoy Empresa del Oeste, para sacar a las calle sus primeros buses. El ferrocarril hacía doce viajes diarios de ida y vuelta a Once, dando vida y bullicio al andén, que era uno de los lugares de encuentro de las familias. Otro sitio de concurrencia social era la Plaza Alsina, frente al viejo Palacio Municipal, donde todos los domingos la banda del ejército amenizaba la charla de los jóvenes tocando música.
El Municipio intentaba llevar a Morón por la senda del progreso. Sobre todo en su aspecto edilicio: ordenanzas recientes prohibían la construcción de ranchos e imponían la utilización de mampostería de ladrillos en las viviendas. Los caminos, que eran de tierra desde los tiempos de la Colonia, recibían el beneficio del macadam, y en los pueblos de Morón, Haedo, Castelar e Ituzaingó crecía de a poco el número de calles empedradas.
En aquel pueblo tranquilo no eran muchas las diversiones. Las familias moronenses se entretenían concurriendo a las romerías de la Sociedad Española, los bailes de la Sociedad Italiana o las reuniones sociales del Club Morón, el Club del Progreso y el Círculo de la Raza. Los deportes eran la pasión de los más jóvenes. En 1928 el Club Atlético Porteño se destacaba en el fútbol: cuenta un diario que había “ganado casi todos los partidos amistosos”, enfrentando con éxito a otros teams locales y a los de Ramos Mejía, Flores, Liniers y Nueva Pompeya. En julio de ese año, el Morón Automovil Club organizó una carrera de 300 kms. en el llamado “Circuito Morón”. Nacían por aquel entonces el Club Ciclista Morón, el Club Atlético Loma Verde y el Rugby Club Los Matreros.
El rugby ya se había ganado la simpatía de los moronenses. Una noticia de El Imparcial del 30 de septiembre de 1928 refería que el domingo anterior, el team del Porteño de Morón había vencido al de la Asociación Cristiana de Jóvenes por 5 a 0, con try convertido por Gorki Grana. Comentaba el periódico que “El encuentro fue digno de verse por lo reñido y el entusiasmo de que hicieron gala ambos adversarios”. Porteño marchaba invicto hasta esa fecha, luego de dos partidos amistosos con Los Matreros, el primero empatado 3 a 3 y el segundo ganado 9 a 0.
En Morón había dos cines. El Gran Cine Radium ofrecía “orden, arte y moralidad” a las familias a través de su “selecto programa” en sus funciones de los jueves, sábados y domingos. El otro era el Cine Italia Una, frente a la plaza La Roche. El 26 de agosto de 1928, en la sección vermouth del Radium se proyectaba un continuado de seis films, entre los que se destacaba El Cobarde, drama de cowboys con Ben Wilson, El perro del Regimiento, protagonizada por Rin-tin-tin, y Encrucijada del muerto, promocionada en los diarios como “interesante película de arriesgadas escenas automovilísticas”.
A fines del verano, el Carnaval moronense, con sus corsos de flores, congregaba a todos los sectores de la población, incluso de los pueblos cercanos y la capital. Comisiones especiales de vecinos organizaban los festejos, y cada club y asociación disponía de un palco para sus asociados. Había guerra de agua y serpentinas y los más jóvenes se disfrazaban. Una de las grandes tiendas de Morón, Los Aliados, ofrecía sedas y rasos para los trajes de disfraz y fantasía, y el conocido fotógrafo Villafañe inmortalizaría a algunos de esas mascaritas en los escaparates de su estudio.
Los cafés y la plaza eran escenario de apasionadas discusiones políticas. Alvear dejaba la presidencia y lo sucedía Hipólito Yrigoyen, El Peludo. Los diarios de la contra denunciaban los “desbordes del personalismo de Yrigoyen en las provincias con el dinero fiscal”, pero los radicales seguían ganando una tras otra elección en Morón. El intendente era el radical Eduardo Bonora y su partido contaba también con mayoría en el Concejo Deliberante. Pero el hombre fuerte del Radicalismo moronense era el ingeniero Ernesto Boatti, que lideraba la facción local de los yrigoyenistas (o “peludistas”, como les decía la prensa) y era entonces ministro de Obras Públicas de la provincia. En el Concejo tenían como oposición a conservadores y socialistas. Entre ellos se destacaba el caudillo conservador Manuel Fresco, que en 1928 presentaba su candidatura como diputado y dos años más tarde, luego del golpe militar del 30, se convertiría en comisionado municipal de Morón.
Las mujeres se mantenían apartadas de esas discusiones. El periódico moronense El Imparcial, encarnando la opinión de la mayoría de los hombres de aquel entonces, rechazaba la participación de las señoras en los debates políticos y sus pretensiones de igualarse con los hombres. El hombre, decía un columnista de ese periódico, “es más imparcial en sus juicios” y la mujer necesita que éste “la defienda y la proteja”. La inmensa mayoría de las moronenses mantenía un perfil bajo y se sometía a las decisiones de sus padres y maridos. Las jovencitas de las clases acomodadas iban al Colegio María Auxiliadora y completaban su educación asistiendo a las academias de corte y confección. Las más sensibles estudiaban piano con las Señoritas de Freysier o en los conservatorios de Bonnefoux y Mascagni.
Al finalizar la adolescencia, casi todas aspiraban a una cosa: un buen matrimonio. Los diarios locales abundan en noticias de pedidos de mano, bodas religiosas y nacimiento de hijos. De allí en más, todo lo hacían de la mano de sus esposos. Su única participación en la vida social eran los ejercicios de piedad cristiana. Desde jóvenes se las alentaba a que fueran caritativas con los pobres. Las niñas moronenses entraban como aspirantes a la Conferencia de San Vicente de Paul, recorrían el pueblo con alcancías y cosían ropa de abrigo para repartir entre los menesterosos. Más tarde, siendo ya señoras, integraban esa u otras comisiones de Damas de las sociedades de beneficencia local. Un ejemplo de vida dedicada a la caridad fue el de Ostaciana Bravo de Lavignolle, creadora del Hospital Vecinal de Morón, que en 1928 fue honrada por la comunidad con misas y actos de reconocimiento público.
El pueblo de Morón ya era desde fines del siglo XIX el centro comercial del Oeste por excelencia. En 1928, los periódicos mencionan, por ejemplo, el Mercado de Gerardo Mercadal, el Almacén de Ramos Generales de los Passadore, las relojerías de Carlos Cione y los Hermanos Dell´Eva, las sastrerías Casa Pardo y La Elegancia, las farmacias Cogliatti y La Moderna, la bicicletería de Cerrato, la zapatería de Alú y la tienda El Progreso de Cuerda Hermanos. La compañía Demichelli y Heguilein (que primero fue taller mecánico y garaje y luego empresa de transportes) ofrecía en invierno de 1928 “el más hermoso Chevrolet” a 2095 pesos. La mueblería El León de Herman Schvarzberg vendía novedosos “aparatos parlantes”, entre ellos vitrolas al prohibitivo precio de 50 pesos más doce cuotas de 22,50.
La cultura en Morón se hallaba entonces en sus tímidos comienzos. La principal entidad cultural del partido era la Biblioteca Domingo Faustino Sarmiento, que funcionaba en una casa cedida por el filántropo Eusebio Giménez. Allí el público podía asistir a charlas, conferencias y cursos, y la mujer de Giménez exponía en unas vitrinas un pequeño museo de Ciencias Naturales, que se componía de animales disecados, rocas, muestras arqueológicas y curiosidades que había coleccionado. Frente a la Biblioteca vivían los hermanos Santiago y Julio César Dabove, que a fines de los años Veinte y principio de los Treinta se reunían en Morón con Jorge Luis Borges, Ulises Petit de Murat, Macedonio Fernández y Xul Solar y se quedaban discutiendo sobre literatura y filosofía hasta el amanecer.
Los principales periódicos de Morón eran El Imparcial y La Tribuna. En 1928 se conformó en el pueblo el primer grupo de teatro vocacional, la Agrupación Artística Pablo Podestá, con la dirección de Oscar Carimatto, que armaba sus propias escenografías y después de ensayar en casas particulares, representaba sus obras en el Cine Italia Una.
Por Carlos María Birocco Fuente: Historia Morón

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